Encarnita Lores, amor y riesgos en tiempos de vida o muerte PDF Imprimir E-mail
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Viernes, 20 de Julio de 2012 08:40

Con 103 años de edad, desde la vivienda de su hija Mirtha, en la ciudad de Las Tunas, Encarnita Lores recuerda las maniobras que le impusieron las circunstancias, para salvar la vida a cuatro jóvenes perseguidos por hombres armados y vestidos de amarillo.

Su lucidez y memoria es asombrosa, sobre todo cuando evoca pasajes de su vida en Omaja, poblado tunero donde varias construcciones aun conservan rasgos de los bungalows al estilo del oeste norteamericano.

En este paraje, a 38 kilómetros de la ciudad de Las Tunas, nació Encarnita en 1909 y residió hasta los 100 años... Sin embargo, son los días finales del mes de julio de 1953 los que más tiene fijos en su mente.

“Mi hijo Luisito -explica- vino a la casa alarmado a comunicarme algo, pero no hallaba cómo hacerlo, hasta que me dijo: mamá, denunciaron a los jóvenes que asaltaron el cuartel de Bayamo y los guardias los andan persiguiendo.

“Entonces le dije, coge el caballo y tráelos rápido. Y así fue. Al poco rato ya estaban refugiados en mi casa Rolando Rodríguez y Ramiro Sánchez. Todo esto casi frente al cuartel de la Guardia Rural.

“Ese día había festejos religiosos en Omaja, y para no levantar sospechas, los sentamos a ambos en el portal de la casa, aunque siempre estuve preocupada porque en el poblado había un batistiano que no perdonaba.

“De delatarnos íbamos a ser arrestados los asaltantes y toda la familia: mi esposo, Luis Batista, y mis hijos Luisito (el mayor, quien hoy vive en Najasa, Camagüey), Róger y Mirtha. Quizás el único en salvarse hubiera sido Porfirio, que tenía tres años”.

Pero no fue la primera vez que debieron maniobrar para proteger a los combatientes. Luisito le había comprado hasta sombreros para disfrazarlos y poderlos embarcar en tren hasta la ciudad de Las Tunas, de donde partirían para sus lugares de destino.  

“Como todo salió bien, luego trasladamos a la casa a los otros dos asaltantes, Raúl Martínez y Gerardo Pérez. Este se encontraba herido de cuando el asalto al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, pero como era algo leve, lo curamos nosotros. Hicimos lo mismo que con Rolando y Ramiro: los embarcamos por ferrocarril hacia Las Tunas.

“Saliendo ellos de aquí llegó el ejército. Sólo tenía en mi mente la pistola de Gerardo, la cual me habían dado a guardar, pero nada sucedió”.

Encarnita recuerda que antes de ser asistidos en su casa, los jóvenes estaban refugiados cerca de allí, en la finca de Inocencio Balmaceda, pero en ese lugar se corría mucho riesgo porque el hombre era tío de Gerardo.

Tras el triunfo de la Revolución hubo varios encuentros entre la familia Batista Lores y los asaltantes. Ella contenta y orgullosa de evocar los hechos. Ellos agradecidos del patriótico y valiente gesto.

Omaja sigue ocupando un importante espacio en la mente y el corazón de Encarnita, sobre todo aquella casa de tabloncillo montada en pilotes. Ahora, en la parte frontal, una placa la acuña como el refugio que dio abrigo a los jóvenes combatientes. (Por Roger Aguilera, AIN)

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