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Quien no conozca la ubicación exacta de su último retiro no tiene, necesariamente, que averiguar por su paradero. Con sólo otear el horizonte encontrará su imagen, permanentemente perfumada por el aroma de los muchos ramos de flores dejados allí por sus devotos.
Es indudable que entre los numerosos atractivos de la necrópolis Cristóbal Colón, considerada entre las más afamadas ciudades funerarias del mundo por los valores conservados en su sede, se halla el de “La Milagrosa”, cuya sencilla pero notable bóveda ha sido convertida por la imaginería popular en sitio de peregrinación.
La historia de Amelia de Goiry de Adot (1877-1901), más conocida por aquel apelativo, ha rebasado las fronteras de su país para ser también compartida por decenas de extranjeros, que de visita en la Isla acuden sin falta a rendirle culto.
Nacida en el seno de una rica familia, radicada en La Habana y descendiente de emigrados de Cataluña, Amelia es uno de los cuatro hijos de la pareja formada por Francisco Goyri y Adot y Magdalena de la Hoz de Goyri, emparentados con los linajudos marqueses de Balboa.
Desde los siete años la pequeña mostró un cálido sentimiento hacia su primo, de igual edad y llamado José Vicente Adot Rabell (1877-1941), con quien contrajo nupcias tres lustros más tarde.
Con el paso de los tiempos esa pasión creció, pero debió esperar ante circunstancias tan importantes como la decisión de José Vicente, sieno muy joven aún, de incorporarse a las filas del Ejército Libertador, donde llegó a ganarse el grado de Capitán. A su regreso de esa contienda, el valeroso y enamorado mambí se unió a la doncella de su corazón.
Muertos sus padres, Amelia encontró en él recodo para sus penas y se entregó definitivamente a quien jurara amor eterno desde sus juegos infantiles.
Tal bella historia de amor, más parecida a la ficción de la literatura o el cine que a la existencia misma, fue truncada apenas nacida, pues a los ocho meses de gestación esta hermosa mujer murió a consecuencias de un parto complicado, del que tampoco logró sobrevivir la criatura.
LA TRAGEDIA DEVENIDA LEYENDA
Ese trágico suceso, recogido por los periódicos de la época, acaeció el tres de mayo de 1901, y más de una centuria después, el fin de la relación de Amelia y José Vicente conmueve a todos como el primer día, a causa del comportamiento adoptado por el acongojado esposo.
A partir de esa fatídica jornada, él empezó a ir diariamente dos y hasta tres veces a la bóveda propiedad de Gaspar Betancourt y de la Paz, ubicada en el cuadro noroeste 28, campo común, y donde yacía la querida difunta.
Cuentan crónicas de aquella etapa y relatos más recientes, que citan incluso testimonios de parientes, que este hombre viudo a los 24 años jamás volvió a ser el mismo.
En cada ocasión llegaba en su carro hasta las cercanías de su recinto predilecto, y se encaminaba hacia su tradicional encuentro cargado de flores.
Según él, Amelia dormía allí, por eso tomaba una de las argollas de la tapa de la tumba y la golpeaba contra el mármol para despertarla e iniciar con ella su habitual conversación, tras la cual se despedía siempre de frente, nunca dándole la espalda.
Tal ceremonial era seguido con expectación por quienes deambulaban a esas horas por la necrópolis, testigo mudo de un mito que surgía para no desaparecer, como lo evidencian los más de 100 años transcurridos desde aquel desenlace.
Esa tragedia devino leyenda por múltiples motivos, entre ellos uno de los más poderosos afirmaba que tres años después de su fallecimiento,
Amelia fue exhumada y se encontró su cuerpo intacto y con el feto en los brazos, en vez de a los pies, como se decía había sido depositado a la hora del enterramiento.
Es así como la verdad se vio envuelta por los deseos de quienes devinieron devotos de Doña Amelia, la Milagrosa, considerada ya por entonces como la protectora de las madres con hijos enfermos. Poco a poco ese rincón comenzó a ser frecuentado por muchas personas, que le pedían ayuda y prometían a cambio gratitud eterna.
De tal manera ese retiro se tornó invadido por muchos, situación ante la cual José Vicente siempre se quejaba al decir que ella le pertenecía sólo a él, privilegio que todos los otros le disputaban.
¿CIERTO O FALSO?
Lo cierto es que, aunque la realidad fue soslayada y distorsionada, ella nunca fue exhumada, según consta en el archivo de “Colón”, como tampoco compartió su sepultura con la criatura, extraída de su interior a pedazos por los galenos en su afán de salvar a la madre.
A toda esa fábula contribuyó mucho también la estatua que preside esa bóveda, realizada por el famoso escultor cubano José Villalta Saavedra, quien se encontraba en Italia cuando tuvo lugar aquel acontecimiento.
La pieza en mármol de Carrara presenta a la joven de cuerpo entero, vistiendo una túnica y sosteniendo a un niño en uno de sus brazos; mientras con el otro se apoya a una cruz.
Con el transcurrir de los años esta leyenda se fortaleció y sus asiduos visitantes retomaron el ritual que ante ella rendía su esposo.
Sin distinciones de edad llegan hasta su lápida, la despiertan haciendo sonar tres veces una argolla, dan vueltas a su alrededor, tocan a la madre y al bebe, le hacen ruegos (orales o escritos), ponen flores, de muy variado tipo, y le agradecen por las “gracias concedidas”, para luego retirarse tal como lo hacía José Vicente, siempre mirándola.
Tras la búsqueda de una explicación de ese hecho consultamos cuatro lustros atrás, a la historiadora Lohania J. Aruca, quien refirió que sus devotos aseveran que la tumba posee un “poder sobrenatural”; de ahí que los estudiosos definan a este “como un culto popular espontáneo, no institucionalizado”.
Entre los múltiples deseos concedidos reconocidos a Doña Amelia, sólo nos consta uno, ostensible por demás, y es el de la permanencia de esta mítica y trágica historia de amor en la memoria de una generación tras otra, pues aún hoy a más de un siglo de su deceso sus muchos seguidores continúan ponderando “los milagros de La Milagrosa de Colón”. (Por Luz Marina Fornieles, AIN)
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