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Luego de ausencias en los IV Juegos Olímpicos de Londres (1908), los V de Estocolmo (1912), los VI de Berlín (1916) y los VII de Amberes (1920), los deportistas cubanos retornaron en los VIII, de París, en 1924.
La cita de la ciudad alemana no pudo celebrarse por el estallido de la I Guerra Mundial, en la cual se vieron involucrados la mayoría de los países del planeta.
Por segunda ocasión la Ciudad Luz fue seleccionada para organizar los Juegos y el espadachín Ramón Fonst, titular de París 1900 y tricampeón en San Luis 1904, resultó el abanderado de la delegación de Cuba.
Junto a Fonst integraron la representación de la isla caribeña, en esa ocasión, Eduardo Alonso, Alfonso López, Osvaldo Miranda, Ramiro Mañalich y Salvador Quesada (esgrima), mientras que Francisco G. Cisnero, Enrique Conill y Antonio Saavedra, concursaron en yatismo.
Aunque la participación de Fonst pudiera considerarse simbólica, ya que con 41 años de edad muy poco podría hacer frente a prestigiosos espadachines, incluso mucho más jóvenes, registró la mejor actuación de los caribeños, a pesar de que ninguno consiguió medallas. El destacado esgrimista salió airoso en todos los duelos de las eliminatorias del certamen de espada individual y accedió a la siguiente ronda, en la cual registró desempeño similar y logró el boleto para la semifinal.
La cadena de éxitos consecutivos de Fonst fue truncada al perder y no clasificar para la discusión de la corona. Ninguno de los restantes espadachines cubanos pasó de las eliminatorias.
También rindió meritoria faena en el torneo de espada por equipos, ya que participó en los tres enfrentamientos. Contra Grecia obtuvo tres éxitos; cuatro frente a Portugal y tres ante España, actuación con la cual demostró otra vez su calidad.
Por su parte, la embarcación de vela cubana Hatuey, tripulada por Cisnero, Conill y Saavedra, se mantuvo en el sexto puesto durante casi toda la competencia, pero finalizó en el noveno escaño.
En la última jornada, el yate cubano presentó varias averías en el sistema del dominio para la navegación, las cuales no pudieron solucionarse de inmediato y no concluyó el recorrido de esa regata.
Esa cita francesa resultó la primera que construyó la ciudad olímpica para los participantes, y aunque fue edificada en forma de barracas y enclavada en el barrio más siniestro de París, la innovación sirvió de ejemplo para las futuras competiciones.
En total, tres mil 092 deportistas compitieron en la capital gala del cuatro de mayo al 27 de julio, en representación de 44 Comités Olímpicos Nacionales.
Cuatro años más tarde, en los IX Juegos de Ámsterdam 1928, el velocista cubano José (Pepe) Barrientos fue el único competidor de Cuba. Conocido también como “El Relámpago del Caribe”, llegó primero en las eliminatorias con crono 11,10 segundos en los 100 metros, pero en el segundo heat arribó cuarto y fue eliminado. (Por Jesús Arrieta Alfonso, AIN)
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