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En vida, a Celeste Mendoza (Los Hoyos, Santiago de Cuba, 1930-La Habana, 1998) le obsesionaba que su bien ganado título de Reina del Guaguancó y su arte irrepetible quedaran en el olvido.
Auténtica "Mulata de Rumbo" cual grabado de Landaluze, dueña de una fuerte y diáfana voz que parecía salirle de las profundidades de las entrañas, con una presencia de sirena tropical desenfadada, bullanguera e imponente, esta mujer transmitía un trasfondo de desgarramiento y tristeza ancestrales y una cubanía raigal.
A propósito de un programa de la Televisión Cubana -Lo bueno no pasa- que nos volvió a regalar su arte sin tiempo y vital, puede afirmarse que la reina llegó para quedarse, como una de esas marcas genéticas que identifican a un determinado pueblo.
Una verdadera rumba brava, la que como ella misma cantaba, todos saben cuando empieza pero no cuando acaba, la precede permanentemente y aunque su hermoso rostro de mestiza achinada se endurezca en un rictus desafiante, podemos apreciar tras ese embeleco una inmensa ternura, una soledad y una tristeza que merecen todo el calor humano posible.
Compañera de escenario de estrellas como la brasilera Carmen Miranda, la estadounidense Josephine Baker o el cubano Benny Moré, Celeste actuó con Los Papines, la Orquesta Aragón o el grupo Sierra Maestra, paseó su arte por el teatro Olimpia, en París, Estados Unidos, Japón y la ex Unión Soviética, entre otros países, y protagonizó uno de los más brillantes pasajes de “Nosotros la música”, emblemática película de Rogelio París.
Con su alto moño o unos turbantes que desafiaban la ley de la gravedad, con su arrolladora presencia y su eterna sed de ternuras, Celeste, ese símbolo humano, desafía los tiempos, con la garantía de estar siempre, mientras un cubano genuino aliente. (Por Octavio Borges Pérez, AIN)
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