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¡Vaya preguntitas! Exclamaría un viejo amigo, campesino, de inteligencia y humor chispeantes. ¡No es para menos! Aún a los más expertos analistas, armados de ordenadores y sistemas, les sería en extremo difícil acertar con el número de habitantes que pueblan esto que muchos llamaron durante años la esfera azul. ¡Lo de esfera pasa, pero el color...! El humo y la contaminación lo tornan cada vez más opaco.
Es muy cierto que para cualquier europeo resulta sencillo conocer el teléfono, la dirección particular y otros detalles de una persona residente en cualquiera de los países de la Unión; dados los últimos adelantos de la ciencia y la tecnología. ¿Pero qué distante esa realidad innegable, de la también indiscutible, que viven a diario millones en naciones de Asia, África y América Latina?
La electricidad para unos es un lujo, y el simple acto de leer está vetado para otros. En no pocos casos han visto como una bendición la llegada del alfabetizador armado de sus cartillas “Yo sí Puedo”.
Precisamente esos son los que hacen imposible el cálculo de referencia, puesto que en las intrincadas selvas, en las sabanas, en las montañas más apartadas, no existe ni el mínimo control. Es usual que los bebés no sean inscritos en registro alguno, a no ser por una visita ocasional de determinado funcionario, o el casi incosteable viaje de un padre de familia a la ciudad.
Lejos de estadísticas y trámites, millones de hambreados ven nacer uno tras otro a los miembros de su prole; para asistir impotentes a su desnutrición y muerte por enfermedades curables que a los ricos, los racistas, los señores de la guerra y las transnacionales, nada importan.
¿Quién lleva esa amarga cuenta? ¿Quién tacha del libro de la vida los nombres de seres humanos, que desaparecen apenas abren los ojos a un mundo que los condenó desde antes de ser concebidos? ¿Quién es capaz de llevar la cuenta de las víctimas inocentes de bombas y misiles?
Poco a poco la realidad cambia para bien, al menos en los países de Nuestra América. Mientras, las miradas en el orbe de quienes nada tienen y lo que es peor aún, nada esperan, se alzan hacia el cielo invocando quién sabe a qué deidad que hasta ahora sienten los abandonó a su suerte.
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1- No ofender, escribir frases obscenas ni malas palabras.
2- Respetar las opiniones de los demás.
3- Trate de escribir con buena ortografía, nuestro idioma es muy rico y frases mal escritas pueden ser mal interpretadas.