UN DÍA PARA PAPÁ PDF Imprimir E-mail
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Domingo, 17 de Junio de 2012 00:00

Por Orestes G. Casanova/ Televisión Camagüey

Día de los padresSeguramente usted ha escuchado alguna que otra vez cierta frase según la cual “padre es cualquiera y madre hay una sola".  En el intento de fustigar a quienes no cumplen sus responsabilidades al traer hijos al mundo, esta sentencia deviene injusta.  Peca de absolutista.

Sí, porque el hecho de que algunos olviden sus compromisos como padres, que los hay, no significa ni mucho menos que todos hagan lo mismo.  Por el contrario.  Son mayoría quienes les prodigan a sus vástagos el amor y las atenciones que entraña la paternidad, y les siguen llamando “niños” aun cuando rebasen los 20 ó los 30 años de edad.

Para conocer el origen del Día de los Padres hay que viajar en el tiempo casi un siglo atrás.  El periplo imaginario nos lleva hasta el año 1909, cuando una estadounidense nombrada Sonora Smart Dodd propuso el establecimiento de una fecha especial para honrar y enaltecer a los progenitores.

La idea de esta joven, residente en la ciudad de Washington, partía del afecto y admiración que le profesaba a su propio padre, Henry Jackson Smart.  Éste había participado en la guerra civil de su país. Al morir su esposa, en el momento en que daba a luz a su sexto hijo, Jackson tuvo que asumir la crianza del recién nacido y del resto de sus pequeños.

Sin ayuda de ningún tipo el humilde granjero asumió la educación de su prole, lo cual logró de manera satisfactoria.  De ahí el interés de Sonora por rendirle tributo.  El 19 de Junio de 1910, coincidiendo con el cumpleaños de su anciano padre, organizó para él una fiesta muy singular.

Poco después de aquel tributo que Sonora Smart le rindiera a su progenitor, en varios pueblos y ciudades de los Estados Unidos se comenzó a celebrar el Día del Padre.  En 1915, Harris Meek, presidente del Club “Leones de Chicago”, mostró interés por consagrarles una jornada a los padres, tal como se había hecho ya con las madres.  En esta ocasión el proyecto contó con mejores auspicios.

Sin  embargo, no fue hasta 1924 que la fiesta adquirió carácter oficial...Ese año el entonces presidente de la nación, Calvin Coolidge, declaró la fecha como celebración nacional.  Posteriormente, en 1926, se reunió por primera vez en la ciudad de Nueva York el Comité Norteamericano del Día del Padre.

Una resolución del Congreso estadounidense fechada en 1956 reconoció la práctica de honrar a los padres dedicándoles un día especial.  Diez años después, el Presidente Lyndon Johnson proclamó oficialmente el Día del Padre como jornada para venerar a la figura paterna en todo el país, mientras que en 1972, durante su mandato, Richard Nixon firmó una ley que establecía de modo permanente la celebración de tan significativa jornada el tercer domingo de Junio.

Ya para esa época los ecos de la iniciativa habían alcanzado a un sinnúmero de países de Europa, Asia, Africa y América Latina.

Cuba, por supuesto, no fue la excepción.  Las primeras referencias que se tienen de la celebración del Día de los Padres por estos lares datan de 1938.  Se dice que el 19 de Junio de ese año marcó el inicio la práctica, la cual no tardaría en convertirse en tradición.  Cristalizaba así una intensa campaña pública a través de la radio y la prensa plana, afín de que los cubanos les dieran también a sus progenitores, en una fecha especial, el abrazo y la felicitación que ellos merecían.

Aspecto sumamente llamativo en esta historia del surgimiento y suerte posterior del Día de los Padres radica en el hecho de que su actual celebración en nuestro país se debe al empeño de una joven descendiente de camagüeyanos.  Hablamos de Dulce María Borrero de Luján.

Esta insigne artista y escritora, que abogó con vehemencia porque las familias cubanas se sumaran al homenaje a los papás, era nieta de Esteban de Jesús Borrero, hombre de letras a quien algunos críticos calificaron como un “espíritu libérrimo”.

De él se conoce que participó en el homenaje con el que la sociedad camagüeyana saludó la presencia de Gertrudis Gómez de Avellaneda en la esta ciudad a su regreso de España en 1860.  Fue, sin dudas, alguien con un perenne afán creador, que logró transmitir a su hijo, también nombrado Esteban, y a través de éste a Dulce María Borrero, el apego a cuanta empresa pudiera redundar en bien de sus coterráneos.

Algo similar hicieron durante casi un siglo de luchas por la redención de Cuba, decenas de padres que sumaron a su grandeza como patriotas y revolucionarios, la huella indeleble de una paternidad ejemplar.  Menciónense pues a Gómez, a Martí, a Céspedes.  Algunos pensarán quizás que esta elección resulta discutible, pues ninguno de ellos les dedicó a sus hijos el tiempo que los afanes libertarios negaban.

Pero ahí justamente estriba su valor referencial, en haberles legado, a pesar de la lejanía física que a menudo se interpuso, un nítido retrato de la virtud con que debe vivir cada hombre sobre la tierra.

 

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